mercado central de Tokyo y la manera en que esos pescadores cortan y venden el atún y el salmón es a la vez arte y espectáculo. Mi cuarto de hotel cerca del Palacio Imperial fue el más moderno y eficiente en que me he quedado en mi vida; todo, hasta la humedad y el toilet, se manejaba automáticamente.
Y Kyoto –a un abrir y cerrar de ojos de la capital en el tren bala- tiene que ser, con razón, patrimonio de la humanidad; es un privilegio visitar sus jardines y ryokanes centenarios.
El orden japonés no tiene par. Cientos esperan en las esquinas a cruzar sus calles aunque no vengan autos cerca. Y, como contraparte, no hay nada más catártico y explosivo que sus bares de kareoke; de alguna forma tienen que sacar todo lo que se controlan y reprimen.
Y esa experiencia de meterme en la panza del Buda, esa paz que sentí al ver unas simples rocas en el jardín de arena del templo de Ryoanji en Kyoto, y ese mágico ritmo de la vida japonesa era lo que quería que vieran mis hijos. Ese era nuestro próximo viaje. Tendrá que esperar hasta que bajen los niveles radioactivos.
Pero mientras tanto, estoy absolutamente convencido que si hay un país en el mundo que puede enfrentar cuatro crisis al mismo tiempo (y salir adelante) ese es Japón. Estoy seguro que nos volverá a sorprender. Por eso tengo los ojos puestos ahí.
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